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Cuando compres un alma 4

- Usted lo que necesita es un alma.

- ¿Un alma gemela? Claro, justo por que no puedo conseguir una, es que le estoy solicitando un arma.

- No, no, señor. Me refiero a un alma propia. Se le nota en los ojos. Esa mirada triste y patética acusa una ausencia de “yo interior”. Y no se preocupe, tambien tenemos una solución para…

- Aver, en primer lugar sería mi “yo” y no el suyo. Por otro lado, me esta viendo la cara de parroquiano. Yo lo único que quiero es un arma, le he dicho una Magnum 45, que es la única que conosco. Ahora si me recomienda otra, gustoso estoy de escucharle.

- Claro, claro, sin embargo, le aseguro que a usted le urge más lo otro. Mire, tenemos todas las almas que pueda imaginar. Y si no puede imaginarlas, también vendemos imaginación. Pero no nos desviemos del tema. Puede ver aquí almas solidarias, almas retorcidas (uy, esas salen como libro de Coelho), almas justas (no le conviene una de esas en este país, eso explica su precio tan barato), almas simpáticas, para agradar a los suegros, almas inteligentes y el último boom, almas superficiales, esas no necesitan recargarse, se cargan con su ego.

Rápidamente le explico los beneficios de un alma: en primer lugar, va a reir más, justo por eso de que “la risa es el rostro del alma”. No sé quien lo dijo, pero debo haberle vendido un alma de poeta. Siempre vienen esos por acá. Y regresan seguido, por que pierden muy pronto lo que se llevan de aquí. Del mismo modo, usted sentirá que tiene un peso especial, osea que tiene alma, pues. Ah, me olvidaba, así además, tiene dos pases libres para ir al cielo y un regreso de la muerte, de esos que tanto presume la gente.

Ahora, si hablamos de precios… señor, ¡señor!, no toque eso, por favor. Es peligroso, señor, eso está cargado. Señor, no ha pagado por eso…señor. Está bien, lléveselo.

¡Malditos, desalmados! Siempre hacen lo mismo.

Muertos sin ataúdes 0

Y ella se volvió a sobar los dedos y yo volví a correr por un cortaúñas. Nunca se sabe con Noelia. De pronto, sus decisiones se han convertido en más que un vaivén de su propio desorden de ego y su mirada tampoco es tan decidida que digamos.

Está corriendo, está desnuda entre mis manos, que adormecidas, no saben más que de adioses. Hoy me ha llamado por una nimiedad: cree estar extrañándome. Le he dicho que es sólo una etapa, que esas cosas no suceden así nomás por que sí. Al menos no en su cabeza. No pues, si de jodernos no está únicamente hecha la vida. Habráse visto.

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