Artículo escrito

  • el 13.09.2009
  • a las 11:41 PM
  • por Maxi Sanchez

Virginia 3

Arribó a mi puerto en el momento en que menos la esperaba, y yo nunca espero algo. Tampoco había que tener conciencia. Apareció y ya, como un zarpaso, como un beso que se roba a algún descuidado: “soy Virginia y hablo inglés”, mientras aprisionaba mis mínimas manos con sus enormes dedos de seda y la sonrisa que huía de su boca, advertía ante mí, a la profesora biblingüe con más fijación oral de la imaginable. O al menos, a la más rica.

Virginia corre de a tacos en la oficina, y el primer mes nadie es indiferente a lo gratificante que resulta ese vestido blanco transparente que trae los martes, que evidencia la amplitud de sus nalgas, la firmeza de sus pechos moscovita y la estupidez generalizada de mis compañeros.

No sé si por aburrimiento o por un arranque cínico de improvisación, un día, como tantos, por fin notó mi existencia:

- Así que tú eres el escritorcito. El tinterito chiquito.

Nunca antes alguien que hubiere minimizado mi labor a la par con mi deficiencia de talla, había provocado en mí una erección.

- Bueno sí, señora, señorita, o ¿qué es usted?
- Ay, Maxi, ya te he dicho mi nombre, y en ningún momento, antecedí mi estado civil.
- Bueno, es que es la primera vez…
- Y deje de decir bueno, que acá nada está bueno. No es posible que sólo tengamos media hora para almorzar.

Ese día almorzamos juntos. Y eso era un decir, por que mirarle los ojos verdes como el amanecer del Amazonas, tratar de desnudar su torso caribeño e intentar hacer otra actividad al mismo tiempo era inconcebible. Ella sabía controlar a un hombre, más todavía a un remedo de tal cosa.

Y me controló por 60 días más, intentó satisfacerme, quizo enamorarme, quizo desenfocarme de Noelia -a quien había matado justo por esos días-, mas no logró ni uno de esos cometidos. Siendo la chica con más plus de la oficina, le quizo dar el  pan justo a quien no tenía hambre.

Quince días después de nuestro último encuentro en nuestro habitual huequillo, en Los Olivos, renunció. Estaba por casarse, dicen. No volví a saber de ella como tal, pues ahora sólo chateo con alguien que es fría, lejos está de la ardiente secretaria que dos meses sacudió los escritorios con tanto esmero y tan poca fortuna. Al menos logró mantenerme vivo, y eso, se lo agradeceré de por vida.

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Hay 3 comentarios para este post

  1. I.M dice:

    Tio, mientras relees tu post tienes que escuchar “despues de ter voce” de adriana calcanhotto…te vas a quedar huevon

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